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¡Bienvenido/a al Blog de Khrysalida!

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  Comienzo un nuevo, no se como llamarlo… ¿proyecto? ¿camino? No sería correcto llamarlo así. Primeramente, por que no un proyecto sino algo que lleva mucho tiempo rondando, desde niña, y que siento que debo hacer, aunque sea para que mis nietos lo tengan y no llegue a nadie más. Y un camino tampoco porque no dejo el mío que es el de la sanación y la enseñanza. Pero si es cierto, que he aprendido que hay mil maneras de sanar, cuando nace de la voluntad interior y que surge por encima de tus propias creencias y deseos. Podemos sanar con terapia, con palabras o simplemente estando sentados en silencio al lado de la otra persona. A veces, el saber que hay alguien al otro lado del teléfono, aunque no lo llames te transmite la calma que necesitas para superar la situación personal que estás viviendo en ese momento. Un pensamiento nos conecta con el resto de la humanidad, solo debemos tener la voluntad divina de conectarnos y unirnos. Y he considerado o sentido más bien que escribir las experiencias que he vivido y experimentado en primera persona en mis 43 años de vida, pero especialmente en los 27 años que llevo actualmente trabajando como terapeuta emocional y energética podrían ser una manera de ayudar o sanar, como mínimo a mí misma.

  Siempre he dudado de mis dones y capacidades. Eran los demás los que tenían que reafirmármelos constantemente. Me he puesto a prueba de mil maneras y a los demás para que finalmente me dejaran y demostrarme que yo tenía razón y no me merecía el amor y respeto que yo misma no tenía. En un acto de fe incuestionable decidí creer en mí, en mis dones y entregarme a la voluntad divina o universal. Nunca he sido de creencias religiosas, pero si creo en un Dios Padre que nos une a todos.

  Voy a ir explicando mis experiencias, en este momento sin orden fecha ni estructura pues solo deseo ponerme delante del teclado y dejar que todo fluya. Serán arriba los que decidan la prioridad de lo que escriba. Si comenzaré por la experiencia más reciente y que ha sido la que ha impulsado estas letras y escritos que nacen del Alma, porque es desde donde nacen las cosas bellas de la creación.


  Ayer por la tarde, 23/05/2019, cumpleaños de mi hijo Álvaro, 16 años ya y parece increíble como ese bebé miedoso, silencioso y alegre se está convirtiendo en un adulto valiente, fuerte, leal y una esencia increíble.

  Tenía una consulta con una paciente nueva. Me había llamado el día anterior para pedirme hora para reflexología. Yo amo la reflexología y sé del potencial que tiene, precisamente comencé a estudiar terapias por los resultados que yo había obtenido con ella en mi salud. Pero nunca ha sido una técnica que me haya apasionado demasiado hacer. Justo hace unos meses comencé a dar un curso de reflexología y creo que ha sido el detonante para que vuelva a conectar con ella. La reflexología podal me enseñó una amiga del pasado que era la técnica más humilde pues te postras a los pies del paciente, como hizo Jesucristo en los lavados de pies a los pobres. Supongo, años después que mi ego mal educado no me permitía hacer ese acto de forma voluntaria y amorosa… No lo sé, son teorías de mi mente hiperactiva.

  Me pasé la mañana haciendo cosas y mi mente iba al momento de la visita. No con temor, pero si pensaba, vendrá, la haré y no volverá porque es una técnica que no domino… Mis dudas otra vez. Estaba haciendo tratamiento a otra paciente, sonó el timbre veinte minutos antes de la hora y la hice pasar mientras yo acababa. Ahora recordando el momento, sé que evité hasta establecer un contacto visual directo con ella. Acabé mi visita anterior y la hice pasar. Como siempre con una sonrisa y agradeciendo internamente a su Alma que me haya permitido contribuir en parte de su historia y sanación, comencé a preguntarle que la traía a mi consulta.

  De forma muy serena y clara me explicó que venía principalmente porque llevaba varias operaciones por bursitis en diferentes articulaciones y ahora estaba esperando que la operaran de la cadera y le estaban pinchando anestesia para que pudiera caminar. Mi mente rápido se hizo a la idea de su historia física y emocional a partir de su explicación. Pero hubo un impás de segundos que me miró y me dijo y ahora estoy viviendo un duelo. Su marido seguro pensé… Y me dice, repito con un gran amor en sus palabras y serenidad en sus formas: mi hija murió hace dos meses. Estamos preparados para enterrar a nuestros padres, para que nuestros hijos nos precedan, la historia al revés mi mente no la entiendo, pero acepto todo lo que ha sucedido.

La pasé a camilla, la acomodé como cuando arropas a tu hijo en la cama cuando se queda dormido, la tapé con una manta cálida, la música la puse la más relajante que encontré y me senté a sus pies pidiendo permiso a su Alma para que me permitiera trabajar.

Tuvimos momentos de silencio cómodo donde cerraba los ojos y se dejaba llevar y podía sentir su energía y su luz. Y otros en los que me iba hablando. Comencé diciéndole que su Alma había decidido aprender a través del dolor y me dijo así es, toda la vida, pero es un sacrificio gustoso porque sé que lo he elegido. Ante esa humildad y conocimiento más allá de las palabras para mi está el agradecimiento infinito al Padre por permitirme tratar con personas con ese grado de evolución espiritual.

  En un momento me dice que su hija se suicidó, no sé porque no me sorprendió, pero si sentía sus emociones, algo que me ha pasado siempre, y algo superior a mi me mantenía en calma interior todo el tiempo. Abandoné frases hechas y tópicos y guardé silencio esperando que continuara, anticipando lo que sería una historia para recordar toda mi vida. Su hija hacía unos meses le habían diagnosticado bipolaridad y otra enfermedad mental que no recuerdo, y que le producía grandes estados depresivos. La vida de su hija se había convertido en una noria emocional de altos y bajos e insostenible. Hacía ocho años que había muerto su abuela, la madre de mi paciente, que la había criado y cuidado como una madre, y no lo había superado me narra. Su hija en la calle mantiene una imagen alegre e inquieta que es la alegría de todos, pero en casa aparece la sombra de la enfermedad y es una persona destructiva y depresiva.

  La hija trabajaba para una televisión local de técnico de sonido y luces y era artista también. Muy querida y admirada. Tenía 31 años cuando su vida acabó. Me dijo ella me trajo a ti porque cuando pasé por delante de tu centro he visto que trabajas con colores y ese era su mundo. Yo le comento tu hija eligió la fecha de nacimiento y la fecha que tenía que irse y me dice así es, yo también lo creo. Toda la conversación transcurrió como si una tarde lluviosa, los niños no pueden salir a la calle y el abuelo les cuenta una historia cerca del fuego sin prisa porque no hay nada mejor que hacer, pero saben que será fantástica.

  Tras otro silencio, retoma la palabra, como si le pesaran mil kilos, pero que necesita sacar de su Alma y compartirlo con alguien que no supiera que había pasado. Días anteriores la hija intentó suicidarse ingiriendo pastillas, pero sin éxito. Explica qué desde entonces con una excusa u otra, tanto las otras dos hijas como ella como el novio de su hija la van llamando cada media hora o una hora, para ir controlando, con una excusa u otra para respetar su espacio e intimidad. Mi paciente vive en una planta baja de una casa y su hija en el piso de arriba de ella. Cuenta que llegó de trabajar y se subió a casa. Me va diciendo todo el tiempo las horas y los días exactos con minutos incluso como si se tratara de una lección que vas repitiendo por miedo a olvidarla. El yerno la llamó y le dijo que acababa de hablar con ella, que estaba bien y que en media hora llamara ella… A la media hora la llama por teléfono con la excusa de un papel y no contesta al teléfono. Dice que subió rápidamente y no la encontró. Subió a la buhardilla y la encontró colgada. Narra desde un vacío en el pecho donde nacen las palabras, pero no quedan más lágrimas que verter, que la descuelga todavía con vida, llama a emergencias… todo en un tiempo que siente detenido. Mi hija seguía viva, gracias, Dios que me dejaste encontrarla viva repite varias veces.

  En ese momento intervengo porque la veo afectada y le explico que mi abuelo también se suicidó ahorcándose, pero que yo siento que su hija no murió así, como una suicida igual que mi abuelo que a última hora se arrepintió y se dio un golpe con la ventana que le causó la muerte. Miro más allá de ella y veo muchísima luz y siento una densidad energética como si ya no estuviéramos solas. Lo típico y que en este punto podríamos esperar era que viera a la hija, pero no vi nada, solo una inmensa luz. Pregunté interiormente en su silencio a su hija si quería decirle algo a su madre, si estaba allí, pero solo seguí viendo la luz y sentí dentro de mí unas palabras que repetí: no está sola, su alma no ha muerto como una suicida, ella eligió su fecha de nacimiento y fallecimiento, vuelvo a repetirle porque sentí que era un dato importante, y te eligió de madre porque tú podrías entender.

  Y empiezan a si verterse lágrimas que nacen sin aspavientos, solo fluyen y no se pueden detener. Ella murió 24 horas después porque cuando se ahorcó, tragó saliva que se le fue a los pulmones. Allí se le infectó e hizo una pulmonía. En 24 horas su organismo empezó a entrar en fallo. La mantuvieron porque era donante de órganos y tenían que prepararlo todo, pero su cerebro no tenía vida ya. Conforme se deterioró los órganos más afectados eran los que iba a donar: “creí que mi hija se iría dando vida y no fue así”. Finalmente, no pudo donar nada.

  Una vez había fallecido dice que se quedó sola unas horas en la habitación con ella, que sentía que su energía todavía estaba allí. Le repitió no te sientas culpable, todos te entendemos, eras un ángel aquí y no sabías vivir con la oscuridad, sabemos que tu no nos has querido dejar, que ha sido tu enfermedad la que se ha suicidado… Lo repitió como un mantra varias veces. Dice que sintió como la energía de su hija se iba y el cuerpo por fin descansó.

  Le dije tu hija no está aquí, está descansando, Y me dijo lo sé porque no noto su presencia. No quiero llamarla ni retenerla, no me lo perdonaría jamás ese acto de egoísmo. Pero ahora tengo que aprender a vivir con su ausencia. A veces el dolor me supera y otras no me lo permito porque la vida sigue con dos hijas y tres nietos más.

  Cuando se iba a marchar, se giró en la puerta, yo ya al borde de las lágrimas porque por muy terapeutas y profesionales que seamos no debemos nunca perder la humanidad y porque era consciente de la gran lección espiritual que esa gran madre me había dado, me cogió del brazo y me dijo: gracias, Mónica, eres una gran persona. Nos miramos a los ojos y se marchó. No sé si volverá, pero como siempre digo: Dios se viste de mil maneras para hacernos llegar los mensajes.

  Mil cosas pasaban por mi mente. Cerré la puerta, me senté en mi despacho y me permití que las lágrimas salieran. Tenía la cara de mi hijo en mi mente, le veía sonreír, como en breve llegaría a casa y apagaríamos las velas, le daríamos los regalos. Como la vida sigue sin prestarle atención a los momentos únicos y solo valoramos los duros que parecen que paran el reloj. Y sentí y supe que había vivido una experiencia única personal de confianza en mis dones y usarlos en consulta, algo que había intentado evitar, para que no se dieran cuenta de como soy realmente.

  Recogía Toni, mi hijo mayor, en la estación de tren sumida en mis pensamientos cada vez más lúgubres… Había recibido un SMS del médico, que fuera a visita la próxima semana porque la analítica que me habían repetido volvía a salir alterada. Pensaba en la vida, en la situación de estrés que estaba viviendo, en mi trabajo y en como me hacía sentir de realizada, pero sobre todo pensaba si la analítica marcaría un antes y un después en mi vida, aunque probablemente acabe siendo una tontería. De camino a casa hablamos los dos como siempre lo hemos hecho desde la confianza, el amor y la franqueza. Le decía “Toni, ¿y si mi vida acaba aquí? Y para quitarle fuego a la pregunta le dije “¡como sea así, cuando llegue arriba me van a oír!... todavía me queda mucho por hacer. Le explicaba que había tenido sueños con niños que para mí simbolizaban muerte y renacimiento.

  Con esos pensamientos y conversación con mi hijo llegamos a casa y el ambiente era festivo. Parecía otra realidad. Mientras ellos dos hacían la cena yo descanso un momento. Y me permito hacer la pregunta que tanto rondaba en mi mente y a la persona que hacía muchos años había dejado ir: a mi padre. ¿Papa, ha llegado la hora de reunirme contigo? Si es así, estoy preparada, pero no entendería nada. Donde queda todo lo que he iniciado y está sin terminar. La obra hay que terminarla… Al momento, antes de que mis lágrimas rodaran, he sentido como si alguien me acariciara. No sentía unas manos, solo la sensación en la piel de que algo la tocaba y no era una sensación sutil sino intensa. Me tocaba la cara, el cuello y mi brazo hasta llegar a mi mano y apretarla suavemente. Gracias papa, solo necesitaba saber que sigues conmigo y me cuidas.

  Y con él, con mi padre, comienzan una serie de historias que precedieron a esta…

 


                Recuerdo mi infancia con miedo, siempre sentía que algo iba acechándome, que no podía relajarme, en mi vida vivían muchos “cocos” imaginarios… o no, que condicionaron la niñez. En este momento de mi vida, y siendo profesora de cábala, he entendido porque todas estas sensaciones y vivencias.

                La primera experiencia vívida que recuerdo con algo de sentido fue con 10 años. Recuerdo que desperté bastante angustiada porque había tenido un sueño muy real. Era como ver una película y no era el recuerdo de un sueño como tal. Era como si estuviera viviéndolo en ese momento. Había visto a mi padre sentado en una mesa, tenía un pastel de cumpleaños delante de él y las velas marcaban un 50. Detrás de él había un señor que no reconocí que con sus manos me decía “ya está”. Se lo expliqué a mi madre y el tema quedó ahí. Almacenado en un rincón de mi memoria inconsciente.

                Años después ese sueño tomaría forma real. Con 16 años, en julio mi padre enfermó. No voy a extenderme porque sería otro tema. Lo llevamos al hospital y lo dejaron hospitalizado por un tumor cerebral. Tenía 49 años. Nos dijeron que era terminal y que no podía hacer nada. Cumplió en julio los 50 años y murió en septiembre. Se cumplió mi sueño…

                En el tiempo que estuvo ingresado se inició un proceso de mensajes, sueños o sensaciones que me acompañaron durante años. Solo le dieron el alta una vez y tuvimos que ingresarlo en pocos días por una trombosis y ya no salió. La noche que lo ingresaron tuve otra vez un sueño vivido, como los he llamado, uno más de todos los que vendrían después. Vi una pared con un reloj, las 04:23h y oía la voz de mi padre que me daba un mensaje que marcaría los dos años siguientes de mi vida. Cuando fui al hospital había entrado en coma a esa hora.

                En los años siguientes, me despertaba muchas mañanas sabiendo que había hablado con él. Sentía sus palabras en mi cabeza y eran mensajes muy concretos que necesitaría durante los días siguientes. Era como una guía para avisarme y ayudarme. Mi vida se convirtió en un infierno, pero gracias a su “presencia” todo fue más fácil y la soledad no invadía totalmente mi vida.

                Un día con 23 años, estaba ya casada y en mi piso. Llevaba dos años buscando ser madre y no lo conseguía. Esa mañana estaba planchando y de golpe vi en mi mente, dentro de mí y a la vez era como si estuviera allí una imagen. Veía a mi padre en una sala como de hospital, estaba sentado en un banco, llorando y le pregunté ¿qué le sucedía? Me dijo que tenía que dejarme. Que tenía que irse ya, pero que estuviera tranquila. Así nos despedimos. Era agosto y esas Navidades me quedé embarazada. En agosto del año siguiente tuve un niño rubio con ojos azules como él. Entendí donde se tenía que ir.